Lo primero que hay que marcar es que, si todos los argentinos nos sentimos campeones del mundo, es porque hubo un equipo que rompió reglas y pronósticos de una manera impensada, para subirse a lo mas alto del mundo del fútbol y que después, nos autorizó a compartirlo y sentirnos parte de semejante epopeya.
Pocos pueden discutir esta sentencia. Porque, además, la selección argentina tuvo un ciclo de tres años (sobre los cuatro y medio totales entre Rusia 2018 y Qatar 2022) en el que terminó invicta la clasificación, ganó la Copa América 2021 en Brasil y la Finalissima europeo-sudamericana ante Italia en Londres con un 3-0 contundente.
Pero eso no es todo. La selección argentina no ganó, incluso comenzó muy mal, la Copa América de 2019, también en Brasil, pero fue de menor a mayor, empezó a levantar levemente luego de una dura caída en el debut ante Colombia y un empate que casi la deja afuera ante Paraguay, pero venció a Qatar, luego lo hizo bien ante Venezuela en cuartos, y en semifinales jugó un gran partido ante Brasil en Belo Horizonte, en el que Messi estrelló un remate en el palo, tuvo por momentos un desempeño brillante y hubo dos claros penales que ni siquiera fueron consultados al VAR que manejaba un dirigente brasileño (Wilson Seneme), y con el presidente Jair Bolssonaro en la cancha para hacer proselitismo en el entretiempo. El equipo argentino no pudo llegar a la final y terminó jugando (y ganando) ante Chile por el tercer puesto, pero hubo un consuelo: algo se había gestado. Algo importante había nacido en aquella injusticia.
No fue para nada casual que tras aquella derrota ante Brasil, Lionel Messi saliera a quejarse de lo ocurrido con el arbitraje y tildó de “mafia” a los organizadores, lo que le valió una primeras sanción dura de cuatro partidos de suspensión, luego reducida en los escritorios, mientras que el presidente de la AFA, ClaudioTapia -creemos que equivocadamente y no escrita por él- envió una carta incendiaria que le costó el puesto de representar a la Conmebol en la FIFA, al quitarle respaldo sus propios colegas de otras federaciones.
Esta selección argentina nació desde varios obstáculos. Desde la base de una relación entre el mejor jugador del mundo y un presidente de la AFA mirado con desconfianza lógica por algunos pasos hacia un neogrondonismo, pero que al mismo tiempo había sido el único que había puesto la cara en aquella insólita situación durante la Copa América Extra de los Estados Unidos en 2016, cuando la entidad madre del fútbol argentino estaba al borde de ser intervenida y mientras en Buenos Aires todo se desmoronaba, las estrellas del equipo argentino, allá en el norte, esperaban alguna señal de algún dirigente para entrenarse con más seriedad, para que los vuelos partieran a tiempo, para que se acabara la incertidumbre.
También nació desde el llamado de Tapia al único al que tenía a tiro para ser director técnico cuando ninguno de los más cotizados en el fútbol europeo quería venir y cuando quedó siempre la duda sobre si alcanzó o no a convocar a Josep Guardiola, quien habría dicho un rotundo no en ese momento. Marcelo Gallardo, el otro candidato, no era posible por sus permanentes críticas a la organización de los torneos, al calendario, al estado de los campos de juego.
Fue entonces cuando Tapia, que recordaba que pese al desastre de Rusia 2018, en la selección argentina habían quedado algunos brotes verdes, como la muy buena relación entre Messi, convocó al que fuera tercer entrenador de ese equipo, Lionel Scaloni. Al cabo, los dos son nacidos en Santa Fe y ligados a Newell’s Old Boys, y habían sido compañeros, aún con distancia grande de edad, en Alemania 2006. Si a eso se agregaba que Pablo Aimar, ídolo de la infancia de Messi, trabajaba ya con el sub-17 y podía sumarse a Scaloni, con quien compartió el título sub-20 en Malasia 1997 de la mano de José Pekerman, cartón lleno. Daba para arriesgar.
Luego, la historia reciente es más conocida, pero también hay que recordar que se trata de un grupo que se fue fortaleciendo debido a un hecho fundamental: el recambio generacional y la posibilidad de que, por fin, Messi fuera el líder completo de la nueva etapa, cuando sólo quedaban cuatro sobrevivientes del largo camino por el desierto sin títulos junto a Sergio Agüero (luego retirado por el problema cardíaco), Nicolás Otamendi y Ángel Di María.
Y Messi, tal como se pudo observar en la buena, como fue la hermosa fiesta del pasado jueves en el Monumental, no optó por mecanismos mafiosos, por sacar provecho de su larga trayectoria y de su estrellato, sino que tuvo una conducta ejemplar, y entonces aceptó abrir la puerta de su intimidad a los más jóvenes, que lo notaron y fueron inteligentes en tomar lo mejor de quien tanto sabe y conoce, y se juramentaron ayudarlo a conseguir su mayor sueño, aquél por el que viene luchando desde que en 2005 debutara con la camiseta celeste y blanca: ser campeón mundial.
Este cronista no olvidará estas jornadas en el Monumental y en el estadio Madre de Ciudades, por primera vez el fútbol nos regaló un tiempo sin tensiones en el cual, los resultados deportivos fueron anecdóticos, para incorporar a las retinas, una celebración colosal, una fiesta que todos nos merecíamos.

