En las puertas del acontecimiento deportivo más singular del planeta fútbol, muchos son los interrogantes que se abren ante semejante desafío que abarca los aspectos colectivos más sutiles y aquellos menos tangibles de los comportamientos individuales; este último sin dudas, es el que más influye en el producto final porque, en definitiva, siendo este deporte de neto corte grupal, la suma de esos vectores terminan siendo determinantes en el resultado final.
La Selección Argentina está en manos de un grupo de jóvenes entrenadores, algo que ya hemos abordado y agotado por cierto y que ha dejado de interferir como un defecto a la luz de la evolución del actual modelo en la legítima analogía con anteriores ciclos, ergo, tema archivado.
En consecuencia, podríamos interpelar ciertas creencias o afirmaciones sobre el valor real de la experiencia en los directores técnicos y su influencia en los momentos sensibles de una competencia o de las exigencias para alcanzar los objetivos más ambiciosos y entonces, recogeremos antecedentes disímiles que permiten refutarlo o subrayarlo como decisivo, en la foto final de una celebración.
“Eso de la experiencia es una gran mentira del fútbol. Es un misterio. Intentamos analizarlo, ustedes los periodistas y nosotros los entrenadores, e igual lo que hoy es mañana no”, le respondió Pep Guardiola a la prensa hace un tiempo.
No obstante, José Mourinho, posiblemente uno de los mayores referentes de aquellos detractores del español, se refirió al mismo tema un día antes de la final de Conference League que disputaron Roma y Feyenoord: “Es un partido decisivo, hasta mañana no habrá nada más en mi mente. Es mi forma de ser y de hacer las cosas. Pensé que la experiencia ayudaría, pero no es así. Mi forma de ser es la misma que cuando jugué la primera final».
La cuestión de la experiencia fue uno de los principales focos de los que se hicieron eco quienes criticaron el interinato de Lionel Scaloni como entrenador de la Selección Argentina desde el 13 de julio de 2018. Ni hablar cuando el 29 de noviembre de ese mismo año Claudio Tapia lo confirmó como el DT oficial de cara a la Copa América del año siguiente.
Sin ninguna experiencia a cargo de un plantel profesional, el ex mediocampista que supo vestir la camiseta argentina en el Mundial de Alemania 2006 tomó las riendas de un seleccionado que estaba en ruinas tras la salida de Jorge Sampaoli luego del Mundial de Rusia 2018. Y es por esto que se esperaba un técnico de mayor renombre y con “peso” que sea capaz de ordenar el desorden.
Para aquellos que les gusta aferrarse al pasado, y algunos que no también, la asunción de Scaloni fue un baldazo de agua fría. Porque era la antítesis de lo que había llevado a la Selección Argentina al triunfo. En los campeonatos de 1978 y 1986, los técnicos eran personas consagradas en el oficio, con grandes resultados en sus espaldas. César Luis Menotti había obtenido el Metropolitano 1973 con Huracán previo a ocupar el cargo de seleccionador nacional. Mientras que Carlos Salvador Bilardo había clasificado por primera vez a un equipo colombiano a una final de Copa Libertadores con Deportivo Cali en 1978 y había levantado el Metropolitano 1982 con Estudiantes de La Plata.
Ahora bien, los que en su momento se agarraron de la falta de resultados y de experiencia para criticar a Lionel Scaloni son los mismos que pusieron en primer plano, también, los resultados para el “fracaso” de Corea del Sur – Japón 2002, pero dejaron de lado la experiencia.
Esta digresión que nos lleva a conectarnos con el pasado reciente, busca profundizar en la lectura de estos fenómenos que no están atravesados por las certezas, en todo caso, sugiere el desapego a las consignas para entender nuevos comportamientos en la relación experiencia y resultados en el mejor sentido o a la inversa, cuando se busca explicar una debacle.
Acaso el fútbol sea una disciplina que lo admita como ninguna otra y que, por lo tanto, nos propone salirnos del molde conceptual, entiendo que allí encontraremos una de las puntas de estas madejas que nos lleven a un recorrido menos prejuicioso.
El ciclo Scaloni que carece de los presuntos beneficios de las dilatadas trayectorias, se basa en el conocimiento del trabajo de campo y un exhaustivo seguimiento de los jugadores cuyas carreras son incipientes y no están visibilizadas por la prensa y los aficionados, aptitudes que aplican como imprescindibles para los nuevos tiempos, donde la intuición y el pragmatismo en la gestión, ocupa un espacio poco relevante.
Es menester marcar que ese bagaje de conocimientos, que además de una preparación adecuada, solo lo aportan los años en funciones, se trata de un complemento y no de una virtud dominante. Los liderazgos que en el fútbol se ejercían desde el temperamento o la portación de un apellido sagrado, fueron relegando posiciones con la llegada de las nuevas camadas de jóvenes criados en marcos educativos más tolerantes y menos incisivos.
¿Será por esto que muchos siguen añorando a los caudillos en el fútbol? ¿Se puede conducir en estos tiempos solo con arengas y apelaciones chauvinistas? ¿Por otra parte, también cabe preguntarnos si con algoritmos está resuelto el dilema de la conducción de un equipo? ¿O detrás de las estadísticas que en tiempo real los entrenadores monitorean en una práctica o se obstinan en el mismo partido por disponer, surgen las verdaderas soluciones?
Nada puede ser desdeñado, mucho menos en actividades lúdicas, en las que los protagonistas suelen tomar decisiones silvestres, fuera de las reglas acordadas, es por ello, infiero, que ya no nos importa tanto a los futboleros criollos si el capitán del barco, navego mil mares o todavía no zarpó del puerto.

