Messi que en junio va a cumplir 36 años, ha vuelto a generar una revolución en el mundo de futbol por su alto perfil en las ultimas presentaciones de la Selección Argentina.
El Capitán rosarino dejó atrás días de fervor y emoción con homenajes impensados no tanto tiempo atrás por los hinchas del fútbol argentino; en los últimos meses quedaron aplastados por las evidencias, años de cuestionamientos a su producción con la Selección Mayor y otras atribulaciones que lo llevaron al límite de sus fuerzas para sostener la vertical.
Acaso como una mueca del destino, Messi pasó de ser un talismán del fútbol europeo para convertirse en una figura del seleccionado albiceleste como nunca antes, en influencia y efectividad, saliendo abruptamente de escena en esos ámbitos donde fuera amo y señor, para abrir un debate que todavía perdura sobre las razones de semejante cambio en cuanto a su rendimiento en un campo de juego.
Sobran motivos y atenuantes para entender ese plano inclinado de las últimas 4 temporadas en los torneos de la UEFA y su renacimiento en las competencias con nuestro seleccionado; casi como una perfecta analogía, se pueden observar las dos caras de una misma moneda, en la cual a medida que crecían los conflictos en Barcelona y perdía terreno en los torneos internacionales, afloraba un desconocido liderazgo en cada desafío a partir de la llegada de Lionel Scaloni al predio de Ezeiza.
Messi que en junio va a cumplir 36 años, ha vuelto a generar una revolución en el mundo de fútbol por su alto perfil en las últimas presentaciones de la Selección Argentina, un dato que debe remontarse al comienzo de las últimas eliminatorias y a la Copa América del 2019, donde a pesar de no llegar a disputar la final, su compromiso en términos explícitos, nos advirtió de los cambios rotundos que se vendrían.
En paralelo y aquí comienza a tejerse su paradoja, la afición blaugrana asistiría a las dos temporadas más austeras y menos convincentes de sus poderes futbolísticos; entre el 2019 hasta su salida dos años más tarde, Leo a pesar de anotar 69 goles, el pésimo rendimiento colectivo lo arrastró río abajo y quedó magullado en medio de los fracasos en la Champions en las gestiones de Valverde, Quique Setien y Ronald Koeman, toda una sucesión de actos fallidos de esos entrenadores, con los que poco conectó energéticamente.
Muchos se preguntarán si las cicatrices que quedaron luego de esas lágrimas que apenas le permitieron balbucear su alejamiento, ya son imperceptibles; tal respuesta no es posible hoy fundamentarla de forma inobjetable ya que estos dos años en París, lo siguieron alejando del protagonismo y a juzgar por los gestos de reprobación de una parte ruidosa en el Parque de Los Príncipes, su vínculo con esta “franquicia” está acabado.
Leo marcó 29 goles con el PSG, su cuenta más baja y además prolongó su ausencia en las estribaciones más importantes de la Liga de Campeones con dos eliminaciones consecutivas en 8vos de final, una frustración cuyo peso se puede detectar en el talante de un equipo que fue concebido desde la desmesura de recursos y la escasa visión estratégica para poder potenciar semejantes valores, que los justificaran.
Pochettino no supo darle un plafón adecuado para que la adaptación a la nueva competencia y a un plantel, que a pesar de contar con varios futbolistas argentinos como Di María y Paredes (alter egos en la Selección Mayor), no haya sido tan traumática como lo fue, a la luz de los resultados y como también continuó manifestándose en la actual gestión de Cristopher Galtier, tocando fondo sin dudas en el partido ante el Lyon con silbidos lacerantes.
Mientras se sucedían esas reprobaciones en París, casi al unísono y como otra arista de su paradoja, el Camp Nou coreaba su glorioso nombre en un deja vu del que nadie podía permanecer indiferente por lo premonitorio o acaso por lo tardío. Estas devoluciones tan confrontadas lo colocaron nuevamente al crack argentino, en un escenario inevitable a pocas semanas de la finalización del vínculo con los franceses.
En este contexto y con ese futuro tan cercano, especular con el destino de Lionel Messi es aventurarnos demasiado; sobre la mesa están las ambiciones árabes, los coqueteos Culé y su propio dilema como un factor por el momento perturbador. Leo tiene claro dónde está ese fueguito cálido vital para este tramo de su carrera, un combustible irremplazable, pero a su vez insuficiente por lo esporádico de las competencias en nuestro continente o en alguna ventana FIFA, que le permita recargar las baterías para el yugo diario.
El mundo sigue inclinándose ante su paso y no es para menos, su juego ha recuperado una vigencia qué amplificada, renueva las motivaciones de todos por alentarlo a nuevas utopías, no obstante, estas complicidades, hay otras competencias que lo están esperando agazapadas, para mostrarle un rigor de exigencias, de las cuales no le será fácil salir sin menos achaques que los recibidos en estos últimos 4 años.
Puso la vara tan alto en Doha, logró enfundarse en una Bisht y saludar con su última obsesión, la Copa del Mundo con los colores albicelestes, que ahora el fútbol europeo, le reclama con ese parámetro, las mismas hazañas de una década atrás y eso infiero, ya es imposible.
Todas esta reflexiones que fuimos entregando desde nuestra tribuna de prensa, luego del suceso de Qatar, se renuevan en expectativas e ilusiones en los primeros pasos de un año, que nos pondrá en pocos meses, en otro reto de características internacionales, La Scaloneta se presentará en la Copa América en los Estados Unidos, como campeón defensor, algo que no sucedía desde el torneo organizado por los uruguayos hace casi, 30 años.
