Si ya se, el fútbol no es una cuestión de fe, eso queda reservado para la feligresía tribunera, dentro de la cancha, las cosas son más sencillas de lo que parecen; sin embargo, habrá que admitir que no siempre se puede conseguir un objetivo deportivo, sin esa misteriosa alianza con la providencia.
Argentina sobre la medianoche aquí en Doha, derrotó a los australianos y se clasificó para jugar la siguiente instancia que será, en una semana, frente a lo que hoy se llaman Países Bajos u Holanda para los más veteranos, un viejo conocido de los mundiales en las últimas décadas y que en la jornada de ayer sábado dejó en el camino a los Estados Unidos.
Pero volvamos a los ecos de un partido que por muchos aspectos no olvidaremos.
No por la jerarquía del rival, ni porque resulte una hazaña derrotar a un combinado de segundo orden en el mundo del fútbol, lo recordaremos, en todo caso, por las inclemencias emocionales que se debieron atravesar ante algunos inesperados golpes de escena, que dejaron abierto un final tan insólito como vibrante.
En la previa de este partido, describíamos las inequidades indudables entre ambos seleccionados y además agregábamos que se trataba de uno de los cruces de 8vos de final, donde el resultado no podía ser otro que el de una victoria albiceleste.
Si uno prefiere mirar esta película comenzando por el final, desecharía todos los argumentos que se derramaron para llegar a esa conclusión de favoritismo que contaba el equipo dirigido por Lionel Scaloni.
En esa última escena se lo ve al Dibu Martínez, desparramado al borde del área menor, tapando un remate cruzado de Garang Koul que tenía sabor a empate y prórroga.

¿Y entonces?

Es que antes pasaron cosas y lo que debió ser una comedia terminó en suspenso o casi en un drama, éste maravilloso deporte tiene mensajes que no son sencillos de decodificar y el de anoche, fue uno de esos casos.
¿Cómo es posible que equipo que dominó a discreción el trámite de juego, a veces de manera tediosa y poco productiva, pero que en general, cargó con el protagonismo y la responsabilidad que la historia le ordenaba y que tomó dos goles de ventaja, preparando el escenario para rematar la jornada con una goleada apoteótica, se entregue al suspenso de un par de centros desesperados, de un adversario que ya había entregado todas las facilidades para besar la lona?

¿Alguien tiene una respuesta certera?

Con el partido concluido luego de 8 minutos de adicional y la interminable fiesta que los 30.000 argentinos desataron en las tribunas del distinguido estadio Ahmad Bien Ali, recorrer los caminos que nos respondan tal cavilación, ya no tenía demasiado sentido, todos estábamos entregados al frenesí de esa masa celeste y blanca que, desde las tribunas, se fundían con ese grupo de jugadores que se resistían a dejar el campo, una escena propia de un logro sobresaliente.
Messi no dejaba de mirar conmovido ese espectáculo que solo el hincha argentino puede ofrecer, juegue su selección donde jugare y en las circunstancias que fueren, no eran más que un puñado de jóvenes que parecían regresar de una noche de excesos, pero que, en este caso, tal resaca no traería efectos adversos, todo lo contrario, chupaban como una esponja todo ese combustible que bajaba de las tribunas, para sellar una comunión indestructible.
Esto lo marco con énfasis, no importando de aquí en más, como termine esta historia de Qatar.
El rosarino perforó la atmósfera con su juego y se permitió un deja vu, con esa apilada increíble de sus tiempos de pibe endemoniado, único, irrepetible. La noche estaba en composé y semejante armonía sugería un final glorioso, no obstante, el fútbol y esta loca competencia a la que estamos asistiendo, le tenía reservado un instante de angustia que nadie imaginó hasta esa intervención del arquero Martínez, que se festejó tanto o más que los goles de Messi y Julián Álvarez.
Hay jugadores que no dan más y que todavía a pasos cansinos, buscan el vestuario, es paradójico, necesitan las terapias reparadoras que sus cuerpos le ordenan, sin embargo, sus corazones siguen en un latido común con los hinchas, que tampoco se resisten a dejar la noche fresca del desierto.
Algo nació en medio de estas inflexiones, algo intangible que me cuesta poner en palabras, son apenas sensaciones.
Mejor lo dejo ahí, yo también necesito tomar distancia de este cuadro cuya cercanía me condiciona peligrosamente, al fin y al cabo, el próximo viernes habrá que volver a otra misa pagana.

Las formaciones y síntesis del encuentro:

Estadio: Ahmad bin Ali Stadium.
Árbitro: Szymon Marciniak (Polonia).
VAR: Tomasz Kwiatkowski (Polonia).

ARGENTINA: Emiliano Martínez; Nahuel Molina, Cristian Romero, Nicolás Otamendi, Marcos Acuña; Rodrigo De Paul, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister; Alejandro Gómez, Lionel Messi y Julián Álvarez. DT: Lionel Scaloni.

AUSTRALIA:
 Mathew Ryan; Milos Degenek, Harry Souttar, Kye Rowles, Aziz Behich; Mathew Leckie, Jackson Irvine, Aaron Mooy, Aaron Mooy; Mitchell Duke y Riley McGree. DT: Graham Arnold.

Gol en el primer tiempo: 35m Messi (ARG).
Goles en el segundo tiempo: 12m Álvarez (ARG), 32m Fernández (AUS) en contra de su propia valla.

Cambios en el segundo tiempo: 4m Lisandro Martínez por Gómez (ARG); 13m Ajdin Hrustic por Baccus (AUS), Craig Goodwin por McGree (AUS); 26m Lautaro Martínez por Álvarez (ARG). Nicolás Tagliafico por Acuña (ARG); Jamie Maclaren por Duke (AUS), Garang Kuol por Leckie (AUS), Fran Karacic por Degenek (AUS); 34m Exequiel Palacios por Mac Allister (ARG), Gonzalo Montiel por Molina (ARG).

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