Desnudos estamos todos los argentinos en emociones, en una euforia que suele reaparecer en estos momentos y con una energía que asombra sin que se escatimen lágrimas ni obsesiones.
¿Siempre fuimos así de apasionados?
La historia contemporánea tiene en sus archivos muchos otros ejemplos de desbordes multitudinarios y no solo por el fútbol; la política también las dispara, en otros contextos y con el antagonismo como combustible, lo que la convierte en poco saludable.
Esto nos hace bien.
En la previa de la final que la Selecciona Argentina va a disputar el próximo domingo en la fatua Lusail y después de los momentos gratos que vivimos hace unas horas en las tribunas del Gigante Dorado, tengo ganas de decir que nos merecemos 5 minutos de gloria; que nada vamos a cambiar de nuestras historias personales, acto seguido; que no lloverá café en el campo y que en la burbuja que nos propone la implacable y cruda realidad en nuestro país, seguiremos activados para no besar la lona; sin embargo poder sobresalir a nivel mundial en una actividad que nos reúne en un latido común, nos debería mejorar lo que llamamos el colectivo, una materia pendiente sin dudas.
Por qué solo el fútbol entonces, genera lo inusitado?
Diego nos enseñó el camino hace décadas; antes, la adhesión a un combinado nacional, no provocaba esa pertenencia marcial, ese acto de guerra, esa jactancia ante las victorias; tenía una amplificación para nada estridente, que en parte se rompió a partir del ’78, cuando detrás del coraje de Mario Kempes y compañía, asomamos la cabeza y nos golpeamos el pecho ante el mundo.
Maradona fue el primer influencer, sin saberlo que sus actos y sus palabras nos iban a encolumnar para siempre; fue un hombre que hizo política al caminar, al jugar, un don irreplicable, y ese espíritu para afrontar todas las competencias como líder de Argentina, ha quedado como un legado para todas las camadas de jugadores que a él lo sucedieron.
Messi tomó ese imaginario testimonio y supo exteriorizar recién ahora, ese perfil maradoneano, esa imagen de caudillo que enamora y que le ha devuelto al hincha argentino la ilusión de una consagración que se niega hace décadas.
UNA PROSA QUE
YA ES UN HIMNO
Todo comenzó en las tribunas de Qatar y se ha prolongado en cada banderazo aquí en Doha y con una propagación rotunda en las calles de nuestro país.
No supimos oportunamente fundirlos en una sola bandera, en una sola canción; Diego y Leo han sido los mejores jugadores de fútbol en la historia de este deporte y se nos fue parte de nuestras vidas, parangonarlos, tironearlos en el juego de las diferencias y hasta en algún punto, agrietarlos.
No obstante esta observación, hay que marcar con énfasis que hace un tiempo y de la mano de las nuevas generaciones de tribuneros creativos, las prosas se convirtieron en himno y las imágenes de estos dos colosos comenzaron a compartir un mismo pentagrama y por eso cada vez que el multitudinario coro aquí en Qatar arranca con los primeros acordes de «En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel», una emoción nos atraviesa y por qué no decirlo, un alivio por constatar que estamos a tiempo de dejarnos un mensaje que trascienda, que nos sensibilice y oficie de paliativo contra ese crónico antagonismo.
Todo está alineado, la palabra sinergia aplica como nunca antes o en todo caso, como pocas veces, y nuevamente el fútbol se convierte en un movimiento revolucionario para nuestra gente; esto sucede porque dentro de una cancha se manifiesta un equipo con apetito, talento y contracción al trabajo, es como que el mensaje fluye, que todavía el mérito por la nobleza de los recursos para conseguir los objetivos está vigente y ésta debería ser una metáfora de nuestro país en todos los niveles.
Por eso el fervor, el buen deseo colectivo y la necesidad que esta vez las cosas se correspondan, con esa incansable obstinación por llegar a la meta y levantarse mil veces si es necesario.
El hombre más venerado por el planeta fútbol, es la prueba de ello, hace cuatro años en el Mundial de Rusia y en las antípodas de estas circunstancias, Messi se propuso intentarlo una vez más, tenía claro que ese camino no sería confortable ni mucho menos, compartible con sus amigos de camada en la selección; tomó todos los riesgos y se puso a caminar con esa caja de herramientas que parece acompañarlo no hace mucho tiempo.
Dejó el vientre tibio del Barcelona y también se despidió de sus compinches compañeros de ruta con la casaca albiceleste; la hora lo obligó a liderar una renovación y aceptar ese nuevo rol que ahora debería ser más explícito, más enérgico y menos flemático.
Pruebas al canto, con los resultados sobre la mesa, el rosarino supo reinventarse y transmitir un espíritu que se comportó como una fotosíntesis para el resto de un grupo tan nobel como expectante.
Por eso estamos asistiendo al mejor Messi en su historia con la Selección Mayor; por eso el mundo sostiene que sus recursos deberían ser claves para esa consagración que persigue con terquedad. Por eso, amigos, guardemos algunas lágrimas para el domingo.

