Ya todo terminó y estamos en las semifinales de esta Copa jugada entre la extravagancia de un país burbuja y esa latinidad indispensable que el público argentino le agrega con creatividad y furia.
Comienzo esta reseña por el final de una historia que no dejó matices por recorrer en un relato, que ficcionado, podría tentar a cualquier director o productor televisivo a rodar una película y porque de esta manera también, omito las letanías de angustias y suspensos, que nos trajeron hasta aquí a todos los que formamos parte de este sistema.
Intentar bucear por los caprichos de este maravilloso juego, es una tarea atrapante y hasta diría, recomendable para quienes presumimos de analistas ahora, procurar llegar al fondo y descubrir sus trucos, es imposible, en consecuencia, resulta saludable dejarse llevar y omitir penetrar en un trabajo estéril.
¿Dónde está Messi? Por un momento lo perdí de vista entre esa tropa de jugadores albicelestes que buscaban a Lautaro Martínez, uno de los protagonistas del desenlace en la tanda de penales, al Toro le tocó la responsabilidad de patear cerrando esa instancia y su gol, aseguró la clasificación para meterse en la última semana del Mundial aquí en Doha y el festejo en soledad del otro coloso del Gigante Dorado, Dibu Martínez, quien emuló a Chiquito Romero en aquella definición en San Pablo justamente frente a los holandeses, que vaya paradoja, al igual que en el partido del viernes, tuvo como entrenador Louis Van Gall.
¿Pero dónde está Messi? La escena era confusa y reflejaba el desahogo y la emoción, los de camiseta naranja quedaron como estacas en la mitad de la cancha, con lo cual era fácil distinguir dónde estaba la fiesta y quiénes eran los animadores de todo lo que siguió después en el campo y en las tribunas.
Ahora, no logro distinguir al capitán albiceleste, ¿donde se metió Messi? Y un compañero en la tribuna de prensa, me lo marca con el dedo índice, cree localizarlo y ahí estaba el rosarino, arrodillado y acompañando a Dibu Martínez que se había desplomado mientras el resto lejos de ahí, se fundían a manera de una torre humana, descargando tensiones e imaginando otras épicas por venir.
Allí estaba Leo con ese talante que le vimos por primera vez en el Maracaná y que anhelábamos se repitiera en algún momento en este torneo; la secuencia de partidos y la incertidumbre de los resultados finales en todos los casos, lo habían impedido quitándole espacios a ese disfrute en el que a veces, es necesario ingresar para que el fútbol no tenga un paso de tragedia y solo quede en una actividad lúdica.
Fue el partido más largo que me tocó vivir como cronista y uno de los más vibrantes por los distintos climas que atravesó el trámite y el resultado final.
Una verdadera montaña rusa de emociones en 135 minutos y una definición por penales, que tampoco olvidaremos, una suerte de mamushka de la que formaron parte, varios pasajes de la interminable disputa; los vaivenes en el tiempo reglamentario con ese empate en el minuto final del adicional que consumaba una rematada injusticia, pero dejaba como siempre, en el fútbol como en la vida, una moraleja para atesorar por entrenadores y futbolistas; la prórroga con las dudas que conllevaba el soporte anímico que nuestro combinado tendría, luego que le escamotearan sobre el final del partido, la clasificación a semifinales y cómo repercutiría el tema físico para ese tiempo extra, generalmente jugado sin margen para errores y con muchas tensiones.
Argentina nos devolvió el alma al cuerpo, siempre jugó de una manera más valiente que su rival y con la convicción de aquellos equipos voraces a pesar de ciertas limitaciones, pero tampoco alcanzó y el veredicto final, se trasladó a los penales.
Comenzaba otro capítulo para una noche cuyo final, tenía solo puntos suspensivos.
Lo que pasó en Lusail, queda en Lusail, el seleccionado de Scaloni fue más certero y pudo superar la serie con la autoridad que solo tienen los llamados a hacer historia y como parte de una zaga de superhéroes, se agigantó la figura de Lionel Messi a dimensiones desconocidas como protector y provocador de discusiones con algunos rivales, que harán por siempre recordado este momento que vivimos en Qatar.
Un Messi desaforado atacó por todos los frentes, no quedó nada en pie desde el árbitro, un blanco inevitable frente a una tarea descomedida del juez español, pasando por el mítico Louis Van Gall y cerrando con una advertencia al límite de una sanción, contra Wejhorst, el holandés que convirtió los dos goles en el tiempo reglamentario.
Gestos y actitudes maradoneanas en las que incursionó el capitán albiceleste, dejando bizantina la discusión en el terreno comparativo. La noche de Lusail será recordada por siempre, en ella cupieron miles de sensaciones y razones de conductas colectivas e individuales propias de ese ser amateur que también habita en los profesionales de elite.
En la conferencia de prensa Lionel Scaloni después de la pregunta de este observador, sobre la prueba de carácter de su equipo frente a todas las vicisitudes atravesadas, apeló a repasar el camino que lo depositó en la semifinal del próximo martes ante los croatas, con una síntesis apropiada y carente de presunción alguna.
Por los pasillos del estadio algunos aseguran haberlo visto a Diego, la historia de siempre con estos genios, de los que hay que desconfiar, porque a veces se hacen los muertos.
