Ya estamos todos arriba de este carro empujando en los últimos metros de esta colosal competencia en Medio Oriente; ahora sí podemos decir, por ejemplo, que el desafío de organizar un torneo con 64 partidos en una sola ciudad, hecho inédito en la historia de los mundiales, ha recibido un aprobado que, con algunas excepciones menores, la convierten en una de las más atractivas y exitosas.
En la fría noche del desierto, la temperatura fue bajando a medida que avanzaba este mes de diciembre, se va a jugar la primera de las semifinales y el equipo que dirige Lionel Scaloni ocupará uno de los lugares más deseados por todos los combinados del planeta, un mérito al que le sobran fundamentos y que cuando Lionel Messi levantó la Copa América en el estadio Maracaná, no pocos vislumbraban esa prolongación virtuosa en este torneo organizado por los qataríes.
Es cierto que cuando este equipo se concentró en la Universidad de Qatar pasaron cosas que encendieron alarmas y dejaron una estela de dudas en relación a las condiciones en las que llegaron varios jugadores importantes del plantel; una especulación que rápidamente encontró en el partido del debut una respuesta escalofriante.
El técnico sigue apelando a ese traspié; no parece que la estrategia sea seguir clavándose puñales, sí en cambio, que se afirma en la derrota frente a Arabia, para describir ese generoso yacimiento de energía renovable que parece atesorar un equipo que fue sorteando todas las instancias envuelto en un raro ungüento de incertidumbre y resiliencia para nada frecuente en estos niveles de competencia y de atletas de elites.
Mas allá de polémicas u observaciones todavía algo agoreras, el camino del equipo que lidera Lionel Messi se fue reinventando a medida que el campeonato le ofrecía oportunidades de revancha; ojos vistas, no lo desaprovechó, a pesar que nunca tuvo una noche feliz y relajada si tomamos en cuenta el resultado final. El esfuerzo que redobló para quebrar a sus adversarios la han convertido en la selección más fuerte emocionalmente de las sobrevivientes aquí en Doha.
Para muchos observadores, este perfil no terminaría de definir a un gran candidato a quedarse con esta nueva edición de la Copa del Mundo, que, en todo caso, las aptitudes individuales y la variedad de recursos, son las inobjetables razones para aprobar tal mirada y esos méritos no parecen sobrarle a nuestro elenco nacional.
Frente a esta disputa o polémica, se debe decir qué en estos tiempos ya no es un oxímoron de un deporte altamente profesional, más diría, el avance del hombre en los conocimientos neurolingüísticas, ponen a los aspectos emocionales en un lugar cercano a las virtudes objetivas como la técnica de los jugadores y las estrategias colectivas.
Esta reflexión no se desprende de un dato científico agregado de manera inapropiada, se lo puede constatar en muchas acciones y desenlaces de los partidos de este mundial, donde grandes potencias en este deporte, han abdicado inconscientemente, en favor de los planes de adversarios, a priori, mas débiles, debiendo abandonar el torneo por la puerta de servicio.
Argentina supo hacer equilibrio y fue resolviendo cada problema con pulso firme y dejando una imagen de autoridad que la mayoría de los cronistas, aquí en Doha, le reconoce como uno de sus mejores valores.

EL ANTECEDENTE
En la conferencia de prensa ofrecida en el Media Center, antes de Lionel Scaloni, apareció en el escenario Nicolás Tagliafico, quién será titular esta tarde por la suspensión del «Huevo» Acuña, el actual lateral del Olympique de Lyon, es junto a Messi y Otamendi, el único sobreviviente de la apabullante derrota en el mundial de Rusia frente a Croacia, en la fase de grupo.
La pregunta ameritaba y también la respuesta tuvo su hilo conductor: «Croacia es otro seleccionado, la mayoría de aquellos jugadores ya no están, y nosotros también somos otro equipo; esto no convierte al partido en más accesible, el rival tiene sus méritos por volver a jugar estas instancias y nosotros debemos estar muy enfocados en lo que queremos y ejecutarlo al pie de la letra».
Otra motivación para lavar aquella caída que fue presagio de lo que en pocos días sucedería inexorablemente, una prematura eliminación en octavos de final, en aquel momento frente a los franceses, que animarían la final en Luzniky frente a Croacia, paradoja si las hay, ambos seleccionados, verdugos cuatro años atrás del equipo que dirigía Jorge Sampaoli, se han vuelto a presentar como síntesis de este torneo, ya que además de cruzarnos con los balcánicos, los franceses se van a medir con Marruecos, la gran revelación del torneo.
En pocos días sabremos si estas inspiraciones de Lionel Messi, la gran figura del certamen, han sido suficientes como para volver a conquistar un título, que se viene negando desde el ’86, o habrá que prolongar esa hazaña por tiempos inmemoriales; es saludable pensarlo bonito, porque como dicen los caribeños, sale bonito…
Volveremos a los rituales albicelestes en Lusail, un estadio a escala planetaria preparado para las grandes ocasiones y una victoria frente a los europeos del este desataría otra fiesta de los miles de argentinos que llegaron para acompañar una consagración memorable.

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