Hace una semana estaba detrás de ese arco donde no entraron los goles que tan poco buscamos en la final; el tiempo seguramente acercará herramientas para consolarnos y sacarnos de los espasmos que nos vuelven como fantasmas, a nuestras cabezas.
Ha sido tan poderoso el impacto emocional de este Mundial para los argentinos, que parece resistirse a dejarnos de una vez, es más, siento que se empecina en detenernos en el tiempo, en un maniqueismo infrecuente, piadoso y hasta socarrón, si solo nos quedamos con las melancolías de un domingo que nunca olvidaremos.
Dicen que las películas suelen condicionar la nota de concepto de los espectadores por el final, pero es solo una teoría, en todo caso decido que no me represente y sí, imponerme repasar toda la secuencia, es ahí donde encuentro el refugio, el alivio y la lucidez, para que la conclusión no sea otra que la gratitud por una entrega generosa de un equipo que cerró un ciclo sin cuentas pendientes.
Menotti, nos enseñó estética en el juego; Bilardo, estrategias obsesivas pero valiosas y Scaloni? Scaloni nos dejó mensajes del alma, naturalidad de gestión y humanidad en sus procedimientos, además de unos cuantos títulos, agregaría, también: a golpearnos el pecho por escoltar al campeón, algo que por idiosincrasia, nos privó de abrazar y adorar a decenas de deportistas que volvieron al país casi avergonzados e ignorados, por fallar en el esfuerzo final o simplemente, por ser superados circustancialmente, en ese finiquito de las definiciones.
Será que estamos asistiendo a un cambio de paradigma, que las nuevas generaciones están enterrando esa presunción de superioridad, en la quedamos encerrados por décadas o es solo un lenitivo y pronto retornarán voces de la conspiración y el desconsuelo.
Hace una semana estaba detrás de ese arco que nunca visitamos en la final ante los españoles.
Y qué?
Elijo sumarme a los corazones generosos y porque no ingenuos de la mayoría del pueblo argentino, que en estas, no se equivoca.
